3/02/2010

Realidad & ficción en la historia de la novela histórica


NOVELA Y FICCIÓN EN LA HISTORIA






Se ha definido clásicamente a la novela como una ficción en prosa, y dentro del género mayor de la novela, la novela histórica conforma un subgénero cuya característica distintiva es el uso del pasado como referencia central para el curso del argumento. Sabemos que esta novela histórica nació en pleno romanticismo con un noble escocés empobrecido que necesitaba imperiosamente crear un pasado idealizado de su linaje que lo justificara en el presente. Walter Scott vio en la Edad Media la posibilidad de su reivindicación social al instalarse en el ámbito donde nacieron los privilegios de nobleza: los condados, los ducados que tanto ansiaba, donde arraigó la imaginación para desarrollar sus novelas. Ese pasado nostálgico, envuelto en la bruma de lo romántico, hizo posible el desarrollo de la novela histórica que después continuaron Fenimore Cooper (las tribus indígenas arrasadas en EEUU), Alfred de Vigny, Víctor Hugo (la hidalguía española añorada en Hernani), Alessandro Manzoni, León Tolstoi, Henryk Sienkiewicz, Robert Graves, entre otros.


En otro extremo, el autor proyecta su imaginería en un futuro incierto, en las novelas de ciencia ficción o literatura de anticipación que tienen una larga tradición en las distintas utopías renacentistas desde Moro, Campanella a Baccon. Paralelamente con el desarrollo científico que siguió a la física y mecánica newtonianas, la propia ciencia, adelantando sus desarrollos futuros hizo reflexionar a los autores sobre el sitio que ocupará el ser humano en un mundo complicado por la técnica: Mary Shelley, Carl Sagan, Aldus Huxley, G.H.Wells, Julio Verne, John Wyndham, Karel Capek, Judith Merril, Antony Burgess (entre otros) han descripto maravillas o peligros en ese futuro imperfecto de la humanidad.


Ya en el pretérito indefinido o el futuro pluscuamperfecto, la proyección del hoy distorsiona la actualidad para ajustarla con más precisión a la imaginería del autor.


¿Qué perspectiva queda ahora, cuando Jacques Derrida (en “Pre-Textos”, 1985) nos alivia al declarar que la ficción es la condición de toda discursividad, entendiendo que la única referencia que admite el lenguaje que articula un discurso, es consigo mismo. Los distintos niveles de metadiégesis pueden ubicar perspectivas distintas, unas más atentas a lo formal, otras a las referencias temáticas, pero el discurso ficticio nunca está ajeno a ningún escrito, por documentado o escoliado que éste fuere.


El marco de la novela histórica tradicional siempre me pareció bastante estrecho; se asemeja a las terrazas que recorrió Dante en el Infierno: de un lado tenía la impenetrable pared de roca, del otro, el fuego eterno y sólo le quedaba ese sendero sinuoso en el que se debía avanzar arriesgando la integridad ya que el menor resbalón lo llevaría indefectiblemente a la muerte, en el caso de un escrito, al derrumbe de la novela. Admiro a quienes pueden escribir circunscribiéndose con fijación casi obsesiva a los límites del pasado histórico, pero yo sé que soy incapaz de esa proeza. En cambio, la ficción histórica, tal como la definía Augusto Roa Bastos como el “libre ejercicio de la ficción y de la historia juntos” persiguiendo el fin estético, me deja toda la libertad para crear y recrear el pasado. Por otra parte, ni el historiador más meticuloso y documentado puede eludir alguna trampa de ese ejercicio de reconstrucción ideal. Los mismos documentos que le sirven de fuente pueden tener datos adulterados de buena fe. La buena fe es casi siempre la primera víctima de la fe.


Con esto no niego la historia, simplemente la pongo entre los paréntesis que nos sugería don Edmund Husserl, como medida cautelar.


En el marco de este sub-sub-género de la ficción histórica se adquiere otra relación entre los hechos y los personajes. El personaje está allí para crear la historia que lo contiene y a la que terminará desbordando porque el autor no está en ese pasado referido, está viviendo sus consecuencias, sus efectos y defectos, pero la causalidad histórica no es cuestión de matemáticas donde 3 x 5 = 15. La multiplicación de variables facilita la instalación de nuevas percepciones de aquellos hechos, de novedosas interpretaciones de esos hechos, de nuevas formas de referirlos, de nuevas estrategias para significarlos: ¿João VIº huyó de Napoleón como clásicamente denuncian los historiadores de un lado y otro del Atlántico? ¿No habrá querido ser más táctico que los borbones? ¿No habrá visto una nueva posibilidad política en su única pero inmensa colonia sudamericana? Los efectos prácticos de esa travesía están escritos a piedra y fuego en el Brasil contemporáneo. Creo que imaginar un propósito en la mente del rey está más cerca de la causalidad que exige la poética que la resignación de pensar que fue un títere de las circunstancias obrando confusamente. Por otra parte, en la novela, la discusión central de João es la historia. Todo el debate con los académicos que se escandalizan al ver que arroja desaprensivamente al mar los documentos del real archivo que a su juicio sobran en el balance político de Portugal-Brasil.


Mi idea era continuar la historia con la 2da parte “Don Juan de Brasil” en la que pondría al monarca a revisar los informes oficiales provenientes de cada uno de los 9 estados que conformaban el Brasil de su tiempo: la revolución de Tiradentes, la explotación de café, las historias del sertão, las misiones jesuíticas de Paraná, en fin, el huidizo mapa narrativo de un imperio que amanecía con la instalación de la metrópolis en suelo americano. Por desgracia mi trabajo no me deja suficiente tiempo para disponer de esos datos y sentarme a escribir esas historias para, como decía P. Ricoeur, “explicarme a mí mismo esa realidad desconocida y fascinante que se llama Brasil”.
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Alejandro Maciel, 2010.



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